UN AÑO SIN RAFAEL BERRIO: EL MITO, LOS BARES Y EL PODER DE LA DESGANA

Los músicos Javier Sánchez y Pedro Gracia Pérez de Viñaspre desgranan al cantautor rock donostiarra a las puertas de varios conciertos en su homenaje. Fotos: Santiago Farizano

 

Cuando el mundo era otro y no existía el toque de queda y Rafael Berrio vivía en él, entre el bar Bukowski y el Cactus no había 150 ó 200 metros de distancia sino apenas un saltito, un brinco de nada con el que la noche se empalmaba con el día y el ocio autorizado pasaba a ser clandestino. Sentado en la terraza del bar con nombre de planta desértica, Pedro Gracia Pérez de Viñaspre, o lo que es lo mismo, Havoc, se frena en seco: quiere contar una anécdota. Una más. Tiene que ver con un concierto suyo en la sala Heliogabal de Barcelona en 2013 en el que estuvo acompañado de Berrio. “No le hacían hueco en el circuito indie. Vino conmigo y en el cartel habían puesto Rafa en lugar de Rafael. Me llamó hecho una furia. Diles ahora mismo que lo cambien. ¡Cómo que Rafa Berrio! ¿Qué confianzas son estas? Mi nombre es Rafael. En persona le podía llamar Rafa o Rafael, daba igual. Pero su nombre artístico era Rafel Berrio”.

Durante la charla pisa continuamente a Javier Sánchez (AMA, La Buena Vida), pero no importa lo más mínimo. Pedro tiene carta libre: no solo comparten sintonía personal y musical, sino que ambos admiran al cantautor rock donostiarra fallecido el año pasado tras una larga enfermedad.

Havoc y AMA se subirán al escenario del Bukowski junto a Giorgio Bassmatti y Edorta Subijana el próximo sábado 25 de abril en uno de los conciertos que rendirán homenaje a nuestro Lou Reed particular, adorado por unos pocos y todavía, tal vez para siempre, un enigma en el mundillo mainstream. De los dos pases previstos, solo quedan unas pocas entradas a las 17 horas.

Javier: Será una reunión de gente cercana. Muchos de los que van a estar en el público eran amigos íntimos, otros quizás no lo éramos tanto, pero hemos aprendido mucho de él. Va a ser una celebración. Nos ha dejado unas canciones preciosas que nadie en esta ciudad teníamos la capacidad de hacer. Será una forma de compartir, como si nos juntamos en casa y alguien dice, oye, ¿tocamos una de Rafa?
Pedro: Ese es el espíritu y la razón de ser de esta historia, pero la realidad es que nos estamos esforzando un montón. Lo hacemos por el público. Y ya que Rafa no está vamos a tocar las canciones nosotros.
Javier: En nuestra pequeña medida, como dice la canción, lo hacemos para agrandar la leyenda. Queremos expandir su legado.
Pedro: Exactamente. Cualquier cosa que consista en rendir homenaje a Rafa, ahí estaremos.
Javier: Somos sus amigos.
Pedro: Pero en realidad no lo hacemos por ser amigos de Rafa Berrio, que lo éramos, sino porque somos músicos y compartimos el mismo espacio.
Javier: Es la primera oportunidad que tenemos después de mucho tiempo.

Un homenaje que llega más tarde de lo previsto, cerca de un año. 

Pedro: Hace un año aún estaríamos con el duelo. Habría sido de otra forma. Esto que vamos a hacer nunca debería haberse hecho. No debería haber ocurrido. Cuando ensayo sus canciones o hablo de él, me digo, ¿qué estoy haciendo? Para mí Rafa estaba ayer mismo a mi lado. Esto es una distopía de mierda. En lugar de estar tocando sus canciones, deberíamos ir a verle tocar al Bukowski.
Javier: Cuando pasó todo ya estábamos en casa confinados y nos quedamos con unas ganas tremendas de, al menos, estar juntos. Rafa ya no está y no puedo ni darle un abrazo a todos los amigos con los que ha compartido mil noches con él. Y otras sin él. Porque muchas veces surgía una frase suya por su humor y personalidad o simplemente por su cercanía. Estaba presente aunque físicamente no lo estuviera. La admiración es lo que nos une a todos. Una persona que hace canciones como él está en otro estatus.

Pedro, ¿sigues pensando que Berrio no era apto para paladares de McDonald´s?

Pedro: Su música requiere tener un bagaje y venir de un sitio, hay que tener unas referencias… No es tanto un esfuerzo por parte del oyente, sino que no se lo recomendaría a todo el mundo. Pero no era solo un artista de culto. Rafa hacía canciones para La Oreja de Van Gogh que son éxitos.

¿De verdad ha compuesto para La Oreja?

Pedro:
¡Se compró una roulotte con los royalties de una canción que hizo para ellos! La historia es que estaba en su casa haciéndose un filete y a través de la puerta de la pared oyó por la radio una melodía que le sonaba de algo. Cuando bajó al bar y la volvió a escuchar se dio cuenta de que era una canción suya. No entendía nada. Warner le había pedido unas letras para un grupo nuevo de Donostia y, al final, resultó que ese grupo era La Oreja de Van Gogh. Se reunió con ellos y llegaron a un acuerdo económico. Con ese dinero se compró la roulotte y se marchó a vivir un tiempo a Hondarribia. Por lo tanto, ¿era apto para paladares de Mcdonald´s? Sí y no.

¿Con cuál de las etapas de Berrio os quedáis? El de los inicios, cuando se puso en modo afrancesado, el más eléctrico…

Javier: He tenido la suerte de conocerlo casi desde el principio. La Buena Vida ensayábamos al lado de su local y nuestro productor era su batería, Iñaki de Lucas, con el que luego terminó colaborando. Lo mejor de Rafa es que te gana en cualquiera de sus épocas. Me encanta en solitario, evidentemente, pero yo le conocí con el primer disco de Amor a traición y ya me encantaba. Tiene canciones maravillosas en todas las etapas. Aunque la música que acompañaba sus melodías y sus letras podían variar de estilo, es reconocible al 100% en cualquiera de sus cuatro nombres.
Pedro: Como compositor, me quedo con todo. Absolutamente todo. Me apasiona.
Javier: Es muy interesante comprobar cómo pasaba de una etapa a otra. Si algo le marcó fue la curiosidad. De repente te paraba y te decía: “Estoy harto de la música con cuerdas, quiero hacer un disco de guitarras. ¿Conoces a algún guitarrista?”. Le recomendabas alguno y no te hacía ni caso, claro. Luego va y saca el disco Paradoja, que es brutal, y que no tiene nada que ver con lo anterior. Seguía siendo igual de bueno, aunque ya no sonase a Jacques Brel. Con Rafa no importaba el estilo. Siempre lo hacía bien. A ver quién hace esas melodías, esos desarrollos… Antes hablaba con Pedro sobre cómo estiraba el acorde para luego volver a retenerlo y cantar en el siguiente compás.


Pedro: Hay un momento en el que se separa de sus distintas épocas -la de la Velvet, la dylaniana, la francesa- y ya es solo Rafael Berrio. Ahí es absolutamente sublime. Siempre tiene algo deslumbrante. Es como cuando ves algo de Hitchcock: hasta en su peor película resuelve la trama de una manera que reconoces su sello. Es lo que pasa con los maestros, que puedes enamorarte hasta de sus peores obras.
Javier: Hemos tenido la suerte de compartir ratos con él con ese humor que tenía, esa ironía… Pasaba más horas leyendo que escuchando grupos.
Pedro: Me decía que los compositores no debíamos escuchar música.
Javier: Claro.
Pedro: Nunca hablábamos de grupos. Nunca. Hablábamos del proceso compositivo, de cómo hacíamos las canciones, de un tono concreto, una frase…
Javier: Evidentemente, él ponía música a lo que escribía cuando a mí alrededor normalmente es al revés: primero van los acordes, sacas la melodía y luego le pones la letra.
Pedro: Yo no. Yo lo hago igual que él.
Javier: Las letras de Rafa tenían una altura que no eran las habituales.

¿Creéis que casa bien ese tipo de registro culto en una canción pop?

Javier: En Rafa, sí. En cualquier otro músico sería impostado. De lo contrario, no estaríamos hablando aquí de él.

En las distancias cortas, en cambio, era una persona muy llana y cercana. Me llamaba la atención esa dualidad suya.

Pedro: A mí no.
Javier: Eso agranda su leyenda.
Pedro: Qué esperabas, ¿qué te hablase en cervantino? Hola, Maese Pedro. Qué tal estás, Maese Pedro.
Javier: Una cosa es el autor de canciones y otra la persona.

¿Se le ha hecho justicia en esta ciudad?

Javier: Yo le pondría un Tambor de oro.
Pedro: Y debería ir su nombre en la calle donde nació.
Javier: Rafa no tenía pretensiones de ningún tipo.
Pedro: Partimos de que la vida no es justa. Pero nosotros nos moriremos y no nos harán una exposición ni tendremos el cariño de tanta gente. En ese sentido sí se hace justicia. Hay una ola de amor imparable. Es acojonante cuánto se le quiere.
Javier: Es verdad.
Pedro: Y eso es para mí hacer justicia.

Hay una cita de Berrio en la muestra de Ernest Lluch que dice lo siguiente: “Me conformaría con tener 150 seguidores en cada capital de provincia para poder seguir tocando”.

Pedro: Es a lo que aspiramos todos. Escribiendo este tipo de canciones por supuesto que no vas a llenar estadios, ¡míranos!
Javier: En su caso también es una cuestión de resistencia. Últimamente estaba alcanzando un cierto reconocimiento que a él le halagaba. A raíz de 1971 hay un cambio que es evidente.
Pedro: Tenía la espinita clavada de no haberse ido a Madrid en la época de la Movida, como hizo Poch. Pero era una forma de nostalgia. En realidad, Rafa siempre hizo lo que quiso.
Javier: Tuvo una trayectoria in crescendo.
Pedro: Me decía, tú siempre será el mejor segundo compositor de Donostia.

Era un hombre de bares.

Pedro: Le encantaban.
Javier: Pero no cualquiera. Era de bares de barrio. Seguramente, por el reflejo que tenían en el imaginario popular. El Bukowski, el Muro, el Geralds… Bares en los que, por lo que sea, se sentía a gusto.
Pedro: En la exposición se ve claramente. Lo primero que hay cuando entras a la muestra es un bar, que es el lugar donde te comunicas y alguien te cuenta algo, oyes historias… Los bares eran esenciales para él. Pero no como espacios de ocio, sino porque tenían un significado existencial. El bar entendido como lugar de recogimiento. Trabajaba ocho horas en el estudio y estaba deseando que llegase la hora de terminar para ir al bar y tomarse un vino. Era muy disciplinado.
Javier: Hablaba del poder de la desgana y te decía que aspiraba a dejar un día en blanco como la hoja blanca de un cuaderno… En realidad, se había pasado todo el día trabajando. Era muy trabajador. Preparar un disco no era ninguna tontería para él. Se iba a Hendaia, escribía las letras en un pueblo de Castilla…
Pedro: Había algo de Rimbaud en él. Muchas cosas de Berrio las entiendo ahora que no está. Necesitaba años, muchísimo esfuerzo, para componer una canción. Era un artesano. Dignificaba el oficio de hacer canciones.

¿La Arcadia en flor es su canción definitiva?

Pedro: Es maravillosa. Cuando la compuso, me dijo: retírate, Pedro. Es la mejor canción que he hecho.
Javier: Lo primero que hay que señalar y subrayar es que te pones un disco suyo y, de repente, hay una canción inesperada que te pega una buena torta. Eso es lo más chulo y valorable que puede tener un grupo o artista. Dicho esto, para mí su cumbre es 1971 y la canción que eligiría, “Simulacro”.

Jon Pagola
[email protected]

Periodista, creo que cultural y musical. Y de lo que surja.

No hay comentarios

Publica un comentario