FELIPE CABRERIZO: “SE HA DESPRECIADO A RAFFAELLA CARRÀ POR ESNOBISMO”

El donostiarra Felipe Cabrerizo, uno de los principales divulgadores de la música italiana y francesa del siglo XX, defiende el legado de la diva y arremete contra la “dictadura mainstream” de la cultura anglosajona. Fotos: Santiago Farizano

 

Felipe Cabrerizo, obvio, va a muerte con Italia en la final de la Eurocopa. Su condición de azzurro queda claro con el siguiente mensaje que me envía por WhatsApp la misma noche del partido: “Italia nos ha dado a Adriano Celentano e Inglaterra a Radiohead. QUÉ DUDA CABE DE CON QUIÉN HAY QUE IR”, dice con mucha guasa este donostiarra afincado en Madrid, divulgador incansable de la cultura sixties mediterránea en el podcast Psycho Beat!, autor de las biografías de Serge Gainsbourg, Françoise Hardy y Johnny Hallyday, historiador, investigador y programador cinematográfico. Felipe ha pasado unos días en San Sebastián invitado por la Filmoteca Vasca para presentar (con su habitual verborrea y entusiasmo desbordante) las películas Rufufú y Círculo Rojo en Tabakalera.

¿Por qué crees que a Raffaella Carrà “no se la valoró como merecía”? ¿Su muerte debería ayudar a ir un poco más allá de la manida etiqueta de “icono del espectáculo” y profundizar en su legado?

Apostaría por esa combinación fulminante de esnobismo y desprecio por puro desconocimiento tan habitual en este país. El que los primeros artículos en décadas que se han parado a revisar mínimamente la carrera de la Raffa hayan sido los obituarios publicados estos días habla a las claras de la indiferencia que se ha mostrado desde ciertos ámbitos creo que no ya por la Carrà, sino por todo aquello que huela a cultura popular. A ver, no nos volvamos locos: la etiqueta de “icono del espectáculo” le cuadra perfectamente y es evidente que su discografía no es ni remotamente comparable a la de Mina o Lucio Battisti, por decirte dos primeras espadas de la música italiana cualesquiera. Pero descartar por sistema unos temas tras los que se esconden algunos de los mejores compositores y arreglistas de un país con el brillo musical de Italia me resulta algo muy inconsciente; no digamos ya obviar la importancia del calado popular que tuvieron todos aquellos pepinazos de eurofunk disfrutados y bailados masivamente por millones de personas en varios continentes. ¿Cuántos artistas pueden jactarse de algo así?

¿Subyace algo más de fondo en esta actitud? 

En el fondo creo que todo esto no es sino una nueva muestra del desprecio por la cultura popular tan habitual por estos lares. El mismo día de la muerte de la Carrà recordé un video de homenaje que le hicieron en Argentina allá por 1980: que una artista consiga que a 10.000 kilómetros de su lugar de nacimiento se haga un video-festejo popular al que se unen encantadas gentes de todo tipo y todas las clases sociales imaginables habla a las claras de la importancia y el calado que ha tenido esta música en la vida de millones de personas y me cuesta entender cómo esto es algo que mucha gente ensimismada decide despreciar o, al menos, no tener en cuenta, cuando para mí es el mayor de los méritos que pueda lucir un artista. Ni recuerdo la de portadas dedicadas a Radiohead o Björk que nos hemos comido todos estos años, pero a ver quién es el guapo que puede hacer un video así con cualquiera de sus canciones.

Haz el favor de contar aquí aquel episodio de censura que sufrió Raffaella Carrà en “0303456” y su papel como hija de Bill Cosby. 

Hombre, vaya dos momentos épicos de la vida de la Raffa. Lo contaba el otro día en un artículo en Rockdelux: “0303456”, el tema sobre una chica que espera ardiente la llamada de su amante, sufrió un evidente caso de (auto)censura al eliminar del corte final de la canción las frases “mi dedo está enrojecido de tanto marcar, se mueve solo sobre mi cuerpo y marca sin parar”, una bonita oda al onanismo femenino que se consideró iba más allá de lo soportable en aquella España de 1979. Curiosamente, el único problema que tuvieron por aquí unas canciones que siempre jugaron a romper límites de lo permisible para la época. Y sí, la muchacha interpretó a la hija de Bill Cosby: antes de lanzarse a la música la Raffa hizo una larga carrera en el cine e incluso dio el salto a Hollywood. Muy recordada suele ser su participación en “El coronel Von Ryan”, donde más que a su papel tuvo que atender a esquivar las intentonas carnales de Frank Sinatra, pero mucho menos en la serie “Yo soy espía”, donde interpretó a la hija de Cosby en una combinación genética bastante tremebunda. No olvidemos que no ya mostrar sino incluso sugerir parejas interraciales era cosa rara, por no decir prohibida, en aquellos años.

Era una mina de anécdotas y curiosidades. ¿Con cuál te quedas?

Raffa dejó muchos chascarrillos, pues, como buena italiana, fue siempre una persona muy charlatana y dicharachera que no solía cortarse un pelo a la hora de decir lo que pensaba. Aunque si hay que quedarse con uno, me quedo con el que acaba de filtrar la prensa italiana: poco antes de morir, la Carrà donó su mansión en la costa toscana a una asociación benéfica que trabaja con niños discapacitados y pagó hasta los gastos del notario. Algo que creo que resume perfectamente lo que fue esta mujer más allá de las cámaras.

¿Alaska sería algo así como la Carrà española o son dos personajes que no se pueden comparar?

Esto de hacer comparaciones de artistas europeos con figuras españolas es una pregunta que me hacen con mucha frecuencia, pero la respuesta es complicada porque en países como Italia o Francia existe un respeto hacia la cultura y el patrimonio completamente inimaginable por aquí, y, como tal, cualquier término comparativo está condenado al fracaso. Este que me planteas, de todos modos, no está mal tirado: Alaska siempre tuvo claro que quedarse en los nichos exquisitos no era lo suyo y nunca dudó en mantener el contacto con mundos mucho más populares, cuando no directamente frívolos. Todo esto da que ha terminado logrando que su carrera haya estado mucho más cercana a la de la Carrà que a la de Siouxsie, otra vía que podía haber recorrido perfectamente, por mucho que ni su discografía ni su popularidad sean comparables.

Durante tu entusiasta presentación de Rufufú, te viniste arriba y dijiste que las películas italianas que surgieron con el neorrealismo y todo lo que vino después es lo mejor que se ha hecho nunca en la historia del cine. ¿Era una boutade o lo piensas de verdad?

¿Una boutade? No, no, en absoluto, es la conclusión que he sacado tras tantísimos años de ver cine. El cine italiano que arranca con el neorrealismo y llega hasta los primeros asomos de esa espeluznante Italia de Berlusconi, digamos a finales de los setenta, es para mí el momento más brillante que ha conocido nunca la historia del cine. Aún recuerdo la impresión que me provocó acudir hace unos años al funeral de Alberto Sordi: pese a ser un actor que había dedicado gran parte de su carrera a retratar la peor parte de los italianos, ese italiano miserable, cobarde, temeroso de los poderosos y despectivo con los débiles, allí se juntó medio millón de personas, algunos armados con pancartas y bocinas. No creo que haya mejor muestra de lo que es un cine vivo y con peso en la sociedad que lo genera. Y ello por no hablar de las cifras: durante décadas, el cine italiano produjo cientos y cientos de títulos anuales y podemos decir sin problema que la mitad de ellos fueron absolutamente excepcionales. ¿De cuántos países puede decirse algo así? De Estados Unidos no, desde luego; solo Francia puede acercarse a algo similar.

Has escrito libros sobre grandes estrellas del pop francés, pero te siguen lloviendo los elogios por Elefantes rosas, la biografía de Gainsbourg. ¿Cuál crees que ha sido la clave de su éxito?

No tengo ni la más remota idea. Esto de la acogida a los libros responde a unos razonamientos misteriosos que no comprende absolutamente nadie y mucho menos su autor. Supongo que todo se debe a una suma de factores, desde la fascinación que genera la figura de Gainsbourg hasta lo generosa que fue la prensa con el libro, pero intentar desentrañarlos con claridad nos llevaría mucho tiempo y no es desde luego algo que esté al alcance de mi mano. Mucho menos con un libro tan raro como este, pues era prácticamente el primero sobre música francesa que se escribía en este país. Por lo que las razones no están muy claras, pero lo cierto es que el mismo día que lo presenté tuve una extraña sensación de que el libro había caído de pie y el tiempo demostró que así había sido sin que llegara a saber nunca muy bien por qué. Algo que, por cierto, para alguien habituado a escribir libros sobre temas ignotos y como tal muy minoritarios fue muy curioso y sobre todo muy divertido.

El siguiente lo tienes que hacer de Jaques Dutronc. Sigue sonando como un tiro.

Pues un librazo podría ser ese, porque Dutronc, desde luego, es un personaje que más que un libro merece varios tomos de la Enciclopedia Británica, con una discografía y una filmografía apabullantes, una personalidad cuanto menos complejita y un ingenio y una rapidez de respuesta que no le permite soltar dos frases sin dejar tres titulares para partirse la caja. Apuntada queda la idea, pero si no se materializa siempre nos quedará el consuelo de que el segundo libro de la colección fueron las memorias de Françoise Hardy, “La desesperación de los simios… y otras bagatelas”, donde se hablaba mucho (y por lo general muy mal) de Dutronc.


¿En qué momento decides no darle cancha a grupos ingleses y norteamericanos en tu podcast Psycho Beat!? ¿Es por una cuestión de gustos personales o para abrir el abanico sixties a otros países?

Cuando hace once años me encontré repentinamente delante de un micro arrancando la aventura de Psycho Beat! tuve muy claro que no me apetecía nada hacer otro programa repleto de música anglosajona. Total para qué, si ya era lo que hacían todos y cada uno de los programas de entonces (y podríamos decir que de ahora). Compositores anglosajones excelentes hay muchos, pero por más vueltas que haya dado no he conseguido localizar ninguno que pueda golear a Gainsbourg, a Battisti o a Battiato, por señalarte tres que me vienen a la mente ahora. Aquella avalancha de modernidad mal digerida que nos llegó en los ochenta conllevó la dictadura mainstream de que la única música que podía escucharse en este país era la realizada en castellano o en inglés, y me cuesta todavía entender cómo de la noche a la mañana se borró de un plumazo una música riquísima, que había sido fundamental para muchas generaciones y que había dejado discografías absolutamente maravillosas.

¿Tu flechazo francés e italiano te viene de haber escuchado compulsivamente a Juan de Pablos?

Por supuesto, Juan de Pablos mantuvo numantinamente durante muchísimos años el que fue prácticamente único espacio donde escuchar esta música que todo el mundo parecía considerar de segunda fila y a él había que recurrir para hacerte un mapa de lo que había pasado en el continente durante los años sesenta. Por lo que la deuda es desde luego enorme, que vaya cantidad de horas de placer que nos ha dado este hombre. Todo se completó cuando, embarcado en estas escuchas, llegó ese momento maravilloso que fue el de la devaluación del vinilo. Aquella locura me permitió comprar a precios de mucha risa discografías enteras tanto en Donostia como en Francia, y coincide además con los años en los que me fui a vivir a Italia, donde los paseos por los mercadillos callejeros, no digamos por Porta Portese, el Rastro de Roma, eran como lo del niño desbocado en una tienda de chucherías. Todo era tan fácil que en muy pocos años me hice con una colección de discos de lo más interesantona y me pude hacer un panorama completo de una música estupenda que en gran parte me había resultado desconocida hasta entonces.

¿De qué músico o grupo donostiarra te animarías a escribir su biografía?

Mecagüenlaleche, DE NINGUNO. Que luego me ven por la calle y me pueden apalear. Mejor mirar hacia latitudes para esquivar riesgos, jajaja.

Jon Pagola
[email protected]

Periodista, creo que cultural y musical. Y de lo que surja.

No hay comentarios

Publica un comentario