EL ALTXERRI SE QUEDA SOLO EN SU APUESTA POR LA MÚSICA EN DIRECTO

El local de jazz de la Parte Vieja ofrece conciertos de jueves a domingo con un aforo limitado a 60 personas. “Los músicos están deseando tocar”, cuenta su encargado Cristian Bazaes. Fotos: Santiago Farizano.

 

– Cristian, ven a hacerte cargo del Altxerri.

Hace aproximadamente año y medio Cristian Bazaes recibió una propuesta de trabajo. Sentado en un costado de la barra, con las luces de neón del escenario brillando justo detrás de su cogote, recuerda que 2020 salió a pedir de boca, fue un ejercicio redondo para el mítico local de jazz de la Parte Vieja. “Vino Woody Allen a grabar una escena de su película, se rodó la serie Patria, estuvo Mikel Erentxun con un programa de Movistar, fue el escenario de un reportaje de Iberia…”, enumera con orgullo este chileno de 45 años que a principios de los 2000 se vino a vivir a Donostia. Con lo que seguro no contaba Cristian es que iba a tener que lidiar con el “marrón” de un virus que ha puesto patas arriba, muy especialmente, al sector del ocio nocturno.

El Altxerri ha esquivado el primer golpe de la pandemia, pero ha tenido que bajar el pistón: ahora abre cuatro días a la semana y no seis, de jueves a domingo, en los que siempre hay música en directo. ¿Sigue siendo este un negocio rentable? “Es más rentable que tenerlo abierto desde el martes”, contesta. “Lo veo como una oportunidad de fidelizar al público que realmente le gusta la música. Los inviernos son muy largos aquí. Tenemos que adecuar el formato a los nuevos tiempos, la gente no puede estar de pie y bailando como antes. Vienen a sentarse, estar tranquilos y escuchar música”.

Cristian, que no se desprende de la mascarilla ni para la sesión de fotos, cuenta que lleva “a rajatabla” todas las indicaciones sanitarias. Cuando entran al bar les toma la temperatura a los clientes; los sienta alrededor de las mesas y la barra hasta cubrir un máximo de 60 plazas; les sirve las consumiciones sin que se levanten de su sitio; restringe sus movimientos… Las reservas se realizan por medio de Whatsapp (678 178 809), una fórmula que está abierta a modificaciones porque ha tenido casos en los que la gente se apunta y finalmente no va. “Si se llena y ya no se admiten más reservas es un fastidio porque los que están realmente interesados se quedan sin ir”, se lamenta.

Los conciertos, que basculan entre el blues, el jazz y los ritmos caribeños, empiezan a las ocho y media de la tarde y normalmente son gratuitos. Se suelen alargar como mínimo “hasta las diez o diez y media” y, últimamente, se han animado a servir un pequeño aperitivo al público asistente, latas en conserva y cosas así. Los músicos cobran el plus de 1,5 euros que se aplica en todas las consumiciones y, a veces, se le suma un bote voluntario. “Funciona bastante bien”, apunta, y recuerda que los grupos también tienen la opción de ir “a taquilla” y cobrar directamente por la venta de entradas. “Tenemos esas dos opciones. Es como habitualmente trabajamos aquí”, resume.

Hugo Silveira, Filipe Court, Iker Piris, Paul San Martín, estudiantes de Musikene y Nico Wayne Toussaint son algunos de los nombres habituales del bar. De momento, todos los artistas que se suben al escenario del Altxerri son locales. “Me llaman de fuera, de Barcelona o de Madrid, pero ahora mismo no me puedo comprometer con nadie, ya veremos más adelante”. Estando el ¡Be! Club fuera de juego, se ha quedado solo en su apuesta por la música en directo en la Parte Vieja. En el resto de la ciudad el panorama musical sigue siendo escaso e intermitente: solo la cuarta planta de Tabakalera está ofreciendo con cierta asiduidad la opción de disfrutar de algún concierto. “Los músicos están deseando tocar”, subraya Cristian. “Así que eso es lo que intentamos hacer: ofrecerles un lugar en el que estén a gusto y puedan mostrar su música”.

Según cuenta, desde el ayuntamiento le han pedido que mantenga una política de comunicación de “perfil bajo”. Un ejemplo: no puede anunciar las actuaciones de manera explícita o al menos no como lo venía haciendo antes de la pandemia. En la pizarra que suele estar ubicada en plena calle Reina Regente solo viene un aséptico “música en vivo”; los carteles de los conciertos, por su parte, los tiene que pegar en las paredes del interior. La información se mueve más libremente a través de las redes sociales del bar, en las cuentas de Facebook e Instagram. “Poco a poco nos van soltando más porque ven que la música, como la cultura en general, es segura”, afirma. “Lo que a mí me gustaría es que algún día viniera alguien del ayuntamiento y lo comprobase con sus propios ojos”, se despide Cristian.

Jon Pagola
jonpagolaperiodista@hotmail.com

Periodista, creo que cultural y musical. Y de lo que surja.

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