PONGAMOS QUE HABLO (MAL) DE SABINA

Aprovecho su triunfal paso por Donostia para explicar por qué no trago a Joaquín Sabina y, de paso, a la mayoría de cantautores. Fotos: Santiago Farizano 

 

A los que de adolescentes nos enganchamos a la música independiente en los años 90 (Britpop, rock alternativo norteamericano, Los Planetas-Manta Ray-Inquilino Comunista) nos enseñaron que los cantautores eran seres momificados y polvorientos, personajes de otra época que deberían haberse evaporado en la Transición y los primeros 80, un mal a evitar asociado a unos años convulsos, como los pantalones de bombacho y las hombreras que salían en La 2. Salvo honrosas excepciones (Mikel Laboa, Nick Drake, Elliot Smith), los cantautores han sido unos plastas de cuidado. No molaban. Había que huir de ellos como de la lava asesina de un volcán. Practicaban un estilo musical reaccionario, muy viejuno, al que se debía combatir con todas las fuerzas, músicos en apariencia incendiarios y revolucionarios, pero que acababan rendidos al establishment socialdemócrata y al neohippismo de eslogan publicitario. Cantaban al pueblo, pero aspiraban a comprarse un yate y darse una vuelta por aguas cálidas con simpáticos peces de colores chapoteando en el mar.

Cuando tenía 15 años, eran el enemigo. Aparecían en Los 40 Principales y, peor aún, lo escuchaban mis padres con ciega devoción junto con Dire Straits, Phil Collins y otras lindezas. Ponían sus casetes en el coche y estaba obligado a tragarme canciones protesta TODOS los días. Menos mal que al llegar a casa y encerrarme en mi habitación podía desintoxicarme con Ocean Colour Scene, Pixies, The Jam, Eels, Radio 3 o lo que fuera. La música pop y la de los cantautores pertenecían a dos galaxias (estéticas, musicales e ideológicas) separadas por montañas de hormigón. En 1995 no te podían gustar Common People y Javier Álvarez a la vez. En 1997 eras de Radiohead o de Ismael Serrano. Pavement. vs Álex Ubago. No había rendijas ni salvoconductos. Aún recuerdo el shock que supuso el debut de Nacho Vegas en plan cantautor en 2001, pero esta es otra historia y, sorpresa, acaba bien.

No todos los cantautores son iguales. Ya lo he dicho.

Y luego está Joaquín Sabina. El epítome del cantautor español.

Quizás con él empezó este desastre, cuando en La Movida ya era un señor rodeado de efervescentes artistas pop que lo miraban con desdén. Como el dinosaurio del microcuento, Sabina siempre ha estado ahí. 30 años después de la primera vez, he seguido escuchando sus canciones en la radio, la televisión, por amigos que intentan convertirte en la causa sabinera, compañeros de trabajo, bares, cumpleaños, fiestas de pueblo, txoznas de la izquierda abertzale, ferias andaluzas, en Granada, Madrid y Hondarribia, en bares pijos, con perroflautas, discotecas, bodas, comuniones, en todas partes. Sé que no estoy solo y que somos muchos los que no lo tragamos, pero sigue arrastrando a miles de fans a sus conciertos. Es lo único en lo que podrían coincidir Pablo Iglesias y Juan Carlos Girauta. Es irreductible.

Lo único que me interesa de Sabina son sus entrevistas. Las leo con mucho agrado porque es un tipo muy leído y no suele caer en lugares comunes y, cosa rara en un músico, me suele entretener. Da juego. La lista de lo que no me gusta, en cambio, es bastante más amplia:

1-. Su voz de estropajo rugoso de Scotch Brite.
2-. Su limitada cultura musical. Esto no lo digo yo, lo ha reconocido él mismo en muchas ocasiones.
3-. La producción de sus canciones, las de antes y las de ahora. Música AOR, un acabado de chapa y pintura, insulsa, sin chicha ni limoná, conservadora, rígida y sobria. Un ejemplo clásico: “Y sin embargo”. Un ejemplo actual que es un quiero y no puedo: “Lo niego todo”.
4-. La matraca que nos ha dado junto con Ana Belén y Serrat. Todas esas giras de viejos.
5-. Su alianza con Leyva. ¿No se podía haber buscado a alguien menos obvio?
6-. Lo siento, fans de la literatura sabinera: la calidad de algunas de sus letras es muy discutible. En su último disco hay pasajes realmente vergonzantes: “Acabaré como una puta vieja hablando con mis gatos“, “Dejé de hacerle selfies a mi ombligo” (Lágrimas de mármol); “No era fácil en la Unión Soviética ir a por condones a recepción” (Leningrado); etc.
7-. Su etiqueta de eterno progre y canallismo de puticlub.

El concierto de Joaquín Sabina en Donostia me pilla en el Primavera Sound. Aunque en el recinto del Fórum somos decenas de miles de personas, me siento como un teenager en el cuarto de mi casa en 1996. Este es mi refugio.

Jon Pagola
jonpagolaperiodista@hotmail.com

Periodista, creo que cultural y musical. Y de lo que surja.

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