EL METEÓRICO ASCENSO DE IZARO

Izaro está triunfando. En dos años su vida ha dado un vuelco espectacular. De un crowdfunding a agotar entradas allá por donde va y colarse en las listas de éxitos. Fotos: Jon Etxezarraga y David Herranz.

 
Hace apenas dos años, el 16 de julio de 2016, Izaro había reunido más de 4.000 euros a través de una campaña de crowdfunding. Quería grabar su álbum de debut, Om, en los estudios Muir de Yon Vidaur rodeada de músicos de dilatada trayectoria (Iker Lauroba, Oriol Flores y Julen Barandiaran) y lanzar así una tirada de 500 copias en CD. De aquel disco se habló mucho y bien. Logró una privilegiada posición, estaba lista para el asalto. Pero fue su primer tema, “Paradise” (2015), la que le había abierto el camino: predominio de la voz, música accesible picoteando aquí y allá y conexión emocional. Algo que se ha hecho millones de veces en la historia del pop. Solo en Donostia hay un saco sin fondo de artistas que responderían a este patrón.

Izaro (su sombre completo es Izaro Andres Zelaieta) ha logrado traspasar caminos trillados y ya con su segundo trabajo, Eason (2018), triunfa a lo grande: un mes después de su publicación sigue entre los 60 discos más vendidos de España y cuelga el cartel de sold out allá por donde va. Si hace poco fue en los teatros Victoria Eugenia y Arriaga, ahora le acaba de tocar el turno al Jesús Ibáñez de Matauco de Vitoria-Gasteiz. ¿Qué tiene la música de esta chica de 24 años para acabar conquistando a tanta gente? ¿Cuál es el secreto de este éxito repentino? ¿Cómo ha sido capaz de derribar fronteras lingüísticas de un plumazo y triunfar más allá de Euskal Herria?

“Estoy sorprendida y muy emocionada. Es un logro muy grande, algo muy inesperado, pero real. Creo que la gente conecta, se identifica, se calma, no lo sé. Supongo que entienden mi voz y mi música, sin tener que entender toda la letra”, responde. Izaro elige el idioma según le pida el cuerpo y el tipo de canción: la mitad de las veces canta en euskera, su lengua materna; el resto en castellano e inglés. “Si consigues comunicar o crear un canal comunicativo con quien escucha, el idioma se convierte solo en algo más de la canción y deja de ser la única forma de comunicarse y entenderse. Además, seguro que la curiosidad te lleva a traducirla y así empiezas a conocer idiomas nuevos, cosa que es sumamente interesante”. Su voz a veces parece que lo hayamos oído en otra parte, con un timbre que recuerda tanto a Pucho, de Vetusta Morla, como a Aiora Renteria, vocalista de Zea Mays. Puede que en ese terreno de lo ya conocido se haya cimentado una parte de su reconocimiento y aceptación popular.

En estos momentos su vida es un carrusel, una montaña rusa en la que no tiene tiempo para casi nada más que centrarse en los ensayos con el grupo y apurar la puesta a punto de una gira que en abril da el salto a Girona. Entre marzo y junio suma un total de 25 conciertos. Y la lista no para de crecer.  “Mi vida ahora es muy intensa, una locura a veces frustrante, pero muy satisfactoria”, explica. “Es difícil seguir el ritmo y llegar a todo, pero con tiempo, paciencia, amor y salud se puede. Además, creo que esta es la vida que me hace más feliz. Es curioso: me agobia sentir que no llego, pero si decido parar me aburre sentir que no monto la vida a galope”.

Para tratar de darle algún sentido a lo que le está pasando, Izaro se salta las leyes naturales -“el arte tiene también un poco de magia”, dice- y hace poco escribió una frase enigmática en su cuenta de Facebook: “Una vez empezado no se puede parar, y ya ha empezado”. ¿Qué querrá decir con esto? ¿Dónde quiere llegar a parar Izaro? “¡No tengo ni idea! No me preocupa demasiado, sé dónde estoy y sé dónde no quiero estar, creo que de momento me basta con esa información. Me gusta sembrar, me gusta cuidar y mimar, y me gusta cosechar, pero puedo sembrar y cuidar sin saber cuál será la flor, o el fruto. Tampoco es cuestión de construir algo a ciegas, pero si los carriles son fuertes hay camino que recorrer. El tiempo nos lo dirá”.

Eason funciona como una carta abierta a Donostia, la ciudad a la que vino a estudiar desde Mallauri, Bizkaia, y ha marcado su vida adulta. “Me ha dado el espacio que necesitaba para amarme de la forma más plena que he conseguido hasta hoy”, confiesa. Con todo, Izaro trata de escapar de discursos ombliguistas. Y aunque es cierto que su música puede gustar a todo el mundo y abraza la comercialidad, reparte tanto críticas como alabanzas y escapa de cualquier atisbo ñoñostiarra. “Me gusta su tranquilidad, su arquitectura romántica, sus playas y el mar. Lo que menos la explotación económica a la que se la está sometiendo en los últimos años, la gente se está teniendo que mudar a los alrededores; es muy triste”.

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Jon Pagola
jonpagolaperiodista@hotmail.com

Periodista, creo que cultural y musical. Y de lo que surja.

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