Acoso y violencia en las aulas, ¿Qué hacer?

Entraba una luz blanquecina por las ventanas, una luz de media mañana exactamente. Lo recuerdo perfectamente; fue un sonido leve como un goteo que se convirtió en ruido de agua que cae y choca contra el suelo. El líquido amarillo comenzó a correr por las baldosas, a la par que de su cara caían chorros de lágrimas que lo empapaban todo. Hélène, la compañera más pequeña, más silenciosa y además francesa de la clase, la más vulnerable, sensible y frágil no aguantó más y su cuerpo decidió manifestarse así mediante una explosión de líquidos cuál geiser infantil. Hacía meses que Álvaro, el compañero que se sentaba detrás suyo, le pintaba la bata por la espalda, hacía tiempo que toda la clase lo veía y nadie decía nada porque nos parecía muy normal que Álvaro, más grande más brusco y además chico, abusara de la timidez enfermiza de Hélène y todo aquello ocurría en silencio. Hasta ese día.

Octubre es el mes de la vuelta al cole, con sus luces y sus sombras, y si nos atenemos a las estadísticas recientes uno de cada diez alumnos afirma haber sufrido acoso escolar en algún momento y probablemente como Helène en silencio.

Asisto a la Jornada organizada por el Consejo General de la Abogacía, celebrada en el Ilustre Colegio de Abogados de Gipuzkoa, sobre “Acoso y Violencia en las Aulas”, que plantea una primera cuestión interesante: ¿por qué el acoso? El presidente de la Audiencia Provincial de Gipuzkoa contesta: “la maldad existe”, me parece un afirmación tan categórica como cierta, llamemos a las cosas por su nombre de una vez.

¿Qué es exactamente acoso? Una conducta que se repite en el tiempo. El acoso no es un hecho puntual y para que suceda tiene que haber una víctima y un victimario, no todas las víctimas enganchan con sus agresores, pero si lo hacen con uno tendrá establecido una relación acosador – acosado que será difícil de desactivar. Sobre todo (y he aquí un tema en el se está trabajando desde la formación en los colegios copiando modelos de éxito como el de Finlandia), sobre todo, decía, si los llamados “espectadores” guardan silencio.

¿Cómo es el victimario? pues tenemos un perfil claro de un niño o niña con en general baja autoestima, que necesita del reconocimiento del grupo y que se caracteriza además por su baja tolerancia a la frustración. La víctima suele ser diferente, con eso basta para colocarse en una situación de vulnerabilidad.

El tercer elemento en discordia son los espectadores, los que saben y callan, que son el resto de alumnos, pero también otros padres, sí, y educadores y responsables de los centros. Todo aquél que sabe y bien porque normaliza la situación o porque no le afecta directamente ( a su hijo/a) o porque no se quiere meter dónde no le llaman… todos ellos son cómplices. Aquí el silencio no es nunca neutral, el silencio está de parte del agresor .

Esto es lo primero que tiene que quedar claro: para terminar con el acoso en las aulas no sirve ninguna excusa y requiere de una intervención global donde todos sientan que tienen un problema, que hay un disfuncionamiento que afecta a toda la clase. La primera conclusión desde Bizikasi es que en una aula bien estructurada no se produce el acoso. En esto se está trabajando con los centros en Euskadi, en el desarrollo de herramientas para una “convivencia positiva” en las aulas.

Si somos víctimas de acoso escolar o conocemos un caso que puede serlo, debemos obviamente ponerlo en conocimiento de la dirección del centro. No nos extrañemos si en un primer momento no nos convocan a una reunión con los padres del o de los acosadores, estas reuniones no tiene siempre los resultados positivos esperados, la respuesta de los padres convocados puede ser peor y el centro se reservará su convocación o no para un momento posterior. En un primer momento el centro recabará datos, realizará un informe que será enviado a la inspección educativa y determinará si existe acoso escolar y su gravedad.

A partir de aquí el acoso puede encajar en diferentes tipos de conductas penalmente punibles: puede suponer un delito contra la integridad moral, contra la dignidad de la persona a través de un trato degradante, también puede suponer un delito de lesiones psíquicas si la conducta altera la rutina o la vida de la víctima, y puede encajar en nuevos tipos penales que no existían hace años y que son sin embargo la forma de acoso escolar más extendida entre los adolescentes: el llamado “ciber bulling”, que permanece invisible para educadores y padres, no se desarrolla en el entorno físico de un centro y nadie salvo los integrantes del chat lo conocen. Aquí los espectadores tiene un rol decisivo, prácticamente ellos son los únicos que podrán dar la voz de alarma.

Los tipos de ciberacoso pueden llegar a ser muy salvajes porque la difusión de imágenes de contenido sexual o íntimo puede llegar a tener consecuencias muy dolorosas y traumáticas en la vida adulta de la víctima. El tipo penal sería aquí el de revelación y descubrimiento de secretos.

Por último y en los casos más extremos se puede cumplir el tipo de inducción al suicidio. Recordemos el fallecimiento de Jokin Ceberio en Hondarribia. El niño supuso un antes y un después en Euskadi.

La respuesta a todas estas conductas es sancionadora desde el punto de vista del poder judicial. Se llega mediante la denuncia y el posterior procedimiento ante la jurisdicción de menores y será la Fiscalía la que deba investigar si el acoso es real, cumple un tipo penal y merece respuesta sancionadora.

La denuncia en la Ertzaintza (que dispone de una Unidad contra el ciberacoso), permitirá en última instancia el restablecimiento del equilibrio alterado por el agresor, construyendo un espacio de protección, creando un marco de responsabilización del daño injustamente causado, supone además el reconocimiento del sufrimiento padecido por la víctima desaprobando la conducta vejatoria y en definitiva la ratificación de la importancia de la dignidad de los menores de edad, concepto que también los adultos tendemos a pensar que sólo pertenece a nuestra esfera. No. No son sólo “cosas de críos”.

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