2. El matrimonio: la sociedad de gananciales

Ane lo tenía todo, se sentó con cara de satisfecha en el sofá de su casa y comenzó a repasar su lista de tareas. Todo un hito -pensó- dos días antes no faltaba detalle. Se levantó, caminó hacia su dormitorio, de la manilla del armario superior de su vestidor colgaba etéreo e impoluto su vestido de novia y se quedó mirándolo presa de una intensa emoción.

Ane llevaba con Josu tres años, tiempo más que suficiente para formalizar la relación mediante un precioso enlace campestre boho chic, aprovechando el caluroso verano y el bonito paisaje del entorno dónde vivía. Ane había ideado todo; el menú: la decoración de las mesas, las coronas de flores de sus damas de honor fabricadas a mano por su mejor amiga en su taller del Born en Barcelona, y por supuesto la elección de la ermita frente al mar, con su fachada románica y su medio camino de adoquines de piedra en el que la madrina días más tarde terminaría torciéndose el tobillo.

Ane no pensó nunca en cosas como sociedad de gananciales o separación de bienes ni, todavía menos, en el régimen de participación.
Así que en este Blog para Ane y para todo aquel que le interese, comenzaremos a hablar del matrimonio como la creación de una pequeña sociedad constituida por los esposos y regida sin embargo por las normas del Código Civil. Vamos a explicar cómo a partir de ese maravilloso día todos sus bienes, su dinero, su patrimonio, incluso aquellas cosas que compren Ane y Josu quedan totalmente entrelazados en la sociedad de bienes gananciales que rige en Euskadi como régimen económico matrimonial por defecto.
Desde la fecha de la inscripción del matrimonio todo lo que siguieron ingresando por sus trabajos o ganando por cualquier otro medio pasó a ser de los dos al 50%. Josu era aficionado a la Bonoloto y le había caído algún pellizco de tanto en tanto, también lo que años más tarde cobró de indemnización por un ERE en su empresa e incluso un dinero que sacaron por la venta de un coche en buen estado.
Digamos que va dirigido a un fondo común de donde un matrimonio va pagando sus gastos y adquiriendo su vivienda, sus coches y sus muebles que también pertenecen por lo tanto a los dos, a medias.

No serán de los dos y seguirán siendo de Ane un piso en Bilbao que heredó antes de casarse junto a su hermano, al morir su abuela, y un piso en Bakio que su aita le dejó al fallecer años más tarde para que pudiera seguir veraneando en esa localidad que tanto le gustaba.

Todo lo que Ane adquiera por herencia seguirá siendo propiedad individual de ella a no ser que decida ponerlo a nombre de ambos.
Aunque es cierto también que cuando alquilaron el piso de Bakio en verano, la renta obtenida también pertenecía a ambos y la destinaron a comprar en parte su casita en Hondarribi.

En cuanto a Josu, pasó una mala racha, después del ERE, y se hizo diseñador gráfico autónomo. Con la crisis no pudo pagar las cuotas del préstamo que había pedido para iniciar su actividad en solitario, por lo que el Banco amenazó y con razón en embargar la vivienda dónde vivían. Decidieron entonces poner la casa a nombre sólo de Ane, de esta manera no tendría que responder con ella sobre la deudas adquiridas por Josu debido a su profesión.

Los años pasaron y aunque las cosas mejoraron para Josu, Ane decidió que quería dejar la ciudad y marcharse a vivir a un lugar más pequeño. Fue una decisión difícil para Josu, no deseaba ese cambio, temía no encontrar sus marcas en un lugar tan apartado de los circuitos culturales que tanto frecuentaba en Bilbao. Cabe precisar que, aunque la casa en la que vivían era propiedad exclusiva de Ane, tenía que consentir su venta él también, cosa que terminó haciendo por amor y por no seguir escuchando las bondades de vivir cerca de Francia, poder ir a la playa y pasear por la Alameda todas las noches.

A través de esta pequeña historia estamos viendo cómo se regulan la vivienda, los ingresos, las rentas de los bienes de carácter privativo e incluso la indemnización por despido así como la responsabilidad frente a terceros de las deudas contraídas por cualquiera de los cónyuges. Nos queda ahora hablar de los muebles y de los objetos de uso cotidiano que conforman el ajuar de un hogar.
Así nuestros protagonistas siguieron con su vida y se disputaron -como todas las parejas- la elección de los muebles que compraron para decorar su nueva casa. La mayoría de ellos se terminó comprando por ambos Incluso un taburete de diseño que no tenía ninguna utilidad aparente -salvo la de restar espacio en la sala y marcar las pantorrillas de los invitados con su canto de madera afilado-, que Ane pagó enteramente con su sueldo, también será de los dos a medias. En definitiva, como todos los muebles y enseres de uso cotidiano que se engloban bajo la denominación de “ajuar” de una casa.

Otra historia es la estupenda bici de montaña de precio exorbitado de la que se encaprichó Josu, que pagó con su dinero y que según alardeaba ante sus amigos era “solo suya y de nadie más”. Y tenía toda la razón; en concreto aquellos muebles que aporte cada uno antes de contraer matrimonio y aquellos que por su finalidad o destino sean además abonados exclusivamente por uno de los esposos le pertenecerán a él solo.

Merece la pena detenerse un instante en el relato y hablar de esos bienes adquiridos a plazos, con los que a menudo terminamos comprando un automóvil más grande por ejemplo y es que la naturaleza de estos bienes estará ligada siempre al carácter privativo o ganancial del dinero con el que decidimos abonar el primer plazo, con independencia de si el resto de los plazos los abonamos con dinero de uno de los cónyuges si el bien es ganancial o con dinero ganancial si el bien se compró como privativo de uno de los dos.

Muchos años de felicidad más tarde Josu se despidió de este mundo y todos aquellos muebles, objetos y recuerdos de viajes que inundaban la casa de Hondarribi pasaron a ser de Ane, menos aquella bici de montaña, con la que llegó a realizar parte del camino de Santiago, y que Josu dejó especialmente a su sobrino Javier, un deportista en ciernes de 8 añitos, pero esa es otra historia que otro día contaré.

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